
Reposo tranquilo, inclinado, sintiendo que parte de mi cuerpo se moja y poco a poco se colorea.
De pronto me siento herido. Algo punzante se retuerce en mis entrañas al tiempo que dos brazos se elevan abiertos, como las amplias alas del cóndor, para expulsarme, lastimado, agujereado, ya no más comprimido.
1 comentario:
soy fanatica de este cuento! buenisimo
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