sus construcciones sencillas,
sus playas tranquilas,





FOTOS DE ELI
Una manera de compartir momentos de la vida.
sus playas tranquilas,





DIOS ME LAVÓ LOS PIES
El 6 de enero se presentó muy caluroso. ¡Hubiera sido un crimen no ir a la playa viviendo a tan solo 300 metros! No fui por el calor, las circunstancias de vida me llevaron allí.
Por viejo y por andador siempre encuentro algún conocido por donde ande. Por ello intenté pasar inadvertido. Me vestí de “lugareño de vacaciones”: alpargatas, bermuda gris deslucido y blanco tirando a gris, camiseta de alternativa del San Pablo (rojo, blanco y negro), cabeza oculta en un gorrito verde... siempre de cabeza “gacha”.
Pesadamente llegué a la playa después de una siesta no reparadora. Empecé a caminar por la orilla. Uno de los pies me ardía por una ampolla, el otro también, aunque sin ampolla. Si bien el cuerpo son muchas partes, finalmente es un todo. A la hora del malestar o el dolor, existe una solidaridad generalizada. Por lo que deambulaba bastante incómodo por la arena.
Entonces descubrí un surco de a
gua que se cruzaba en la playa con un fluir fuerte y rápido. Me senté allí para vivir el mejor momento de lo que va de la semana. Me empecé a mirar los pies en tanto pensaba en las circunstancias de vida que me dolían. A mis oídos la Sonata Artica, Rada, el Jaime, Bajofondo, música de marimba, me decían cosas que apenas podía atender. Lo mío era mirarme los pies. A la ampolla no la veía, pero la sentía. Era grato mirarme los pies y escuchar la música del Titanic de fondo. Mucha gente pasaba a los costados, nadie me decía nada ni yo a ellos. Yo pertenecía al paisaje tanto como ellos.
No dejaba de mirarme los pies. Por un momento pensé que eran los más realistas de mi ser porque siempre estuvieron cerca o pisando el suelo. En ese momento me dolían. ¿Cuántos pasos habían dado en la vida? ¡Y yo que sé!... ¡Mire si voy a estar pensando en esas cosas! Pero, cuando el tiempo se detiene podés pensar de todo. El agua circulaba siempre en el mismo sentido. Con el transcurrir de la música, de los pensamientos, de las circunstancias se fue generando una acción terapéutica. Mientras Serrat me cantaba algo que no me acuerdo que era, tomé conciencia de Dios (que siempre estuvo allí, aún antes que yo llegara) y me di cuenta que a través de muchas cosas que se sucedieron allí… ¡me había lavado los pies!
Cuando volví a casa, no recuerdo quien cantaba en mis oídos, simplemente disfrutaba ese último pensamiento: “Dios me había lavado los pies”. No estaban sucios, pero me dolían por esas ampollas que a veces surgen por un mal proceder y un mal uso de los mismos...
Me supera el pensamiento: “¡Dios me lavó los pies!”.
¡Gracias circunstancias!... es que muchas veces, en algún punto de su transcurrir, me encuentro con Él.
Hugo Píriz
___________________________________________________________________________
HERIDAS
Yo no tengo ampollas en los pies, pero cuando era niña tuve “verrugas plantares” (feo nombre). ¡Qué dolor! Tenía cinco en un pie y seis en el otro, ergo: no podía caminar.
Este tipo de lesiones tiene la característica de desarrollarse hacia adentro, en forma de cono, lo que hace que al pisar se sientan como agujas.
Yo era tan responsable, que de todos modos no faltaba a la escuela. Mi abuelo me cargaba “a caballito” y me dejaba sentada en el pupitre de la clase.
Me las quemaron con crioterapia, lo que provocó un adelgazamiento del panículo adiposo de mis talones que dejó resentidas, hasta hoy, mis pisadas.
Cada vez que camino sobre una superficie muy dura, rugosa o escabrosa, me vuelven a la memoria mis dolores de la infancia. Podría decirse que me dejaron marcada de por vida…
De la mism
a manera, pienso que las heridas del alma, esas que vamos acumulando a lo largo de los años, en algún momento afloran y nos hacen revivir aquellos momentos penosos. Nos recuerdan que no siempre el camino es llano y fácil de transitar. Los tropiezos, desvíos y pozos, aparecen para hacernos reaccionar, para “despertarnos”.
Lo que importa es sortear los obstáculos con sabiduría, para poder retomar el camino…aunque nos duelan los pies.
Elizabeth Wojnarowicz



El triste anciano parecía vivir en una burbuja de cristal. No lo dejaban ni moverse de tanto que lo cuidaban, pero no era feliz encerrado en aquel hogar para personas de la tercera edad. Su único deseo era poder disfrutar del aire puro cerca del mar, sintiendo en su rostro el aire fresco.No tenía interés en ninguna otra cosa.
Cierto día de primavera, muy temprano, logró escabullirse de las enfermeras del lugar y con el dinero que celosamente guardaba escondido entre las hojas de su vieja y querida Biblia,se dirigió a la calle, paró un taxi y le dijo al chofer:
- Lléveme hasta la playa, pero antes, dígame dónde puedo comprar una cometa.
La brisa del mar soplaba fresca y sintió una caricia en su rostro con profundos surcos. Se sentó en la arena.
Comenzaba a amanecer y el recuerdo de su niñez acudió a su mente dibujando una sonrisa.
Rememoraba aquellos barriletes de colores que hacía con su amigo Luciano.
Avanzó en sus memorias cuando era un adolescente y conoció a Paula, el amor de su vida, dos años menor que él.
¡Ay, cuántas veces se peleó con ella y cuántas veces los besos terminaron con las diferencias!
Paula le dio dos niñas y un niño a quienes él adoraba.
Fue muy feliz con Paula. Ninguna era más bella. Siempre con esa sonrisa amplia en esa boca que siempre le provocaba besar.
Don Ignacio hoy se escapó del geriátrico y trae una cometa de colores.
Se levanta de la arena y corre, corre por la playa elevando su birlocha.
De pronto la suelta, el viento se la lleva y él cae de bruces, se da vuelta mirando el cielo.
Se ve tranquilo, plácido y su mirada...fija en el barrilete que vuela alto...alto...alto...

- ¿Puedo entrar?
- No sé, no me animo.Te permitiría si tuviera la certeza de que no me vas a herir otra vez...
- Por supuesto que no. Sólo quiero entrar y estar contigo.
- La última vez me dijiste lo mismo y me lastimaste.
- No fue mi intención. Dejame entrar.
- Te abrí la puerta muchísimas veces y siempre te fuiste.
- Pero quiero volver, perdoname.
- Ya es tarde, todas mis puertas están cerradas. Perdí las llaves y no las quiero encontrar.
- Te necesito.
- Yo también te necesité y te fuiste cerrando la puerta trás de tí. Ya no más.
De este lado estoy segura. No quiero volver a llorar.





